UN SUCESO PARA EL SENTIDO COMUN Y EL ENTENDIMIENTO
Creo que lo más maravilloso que el ser humano ha podido desarrollar en su proceso cognitivo -desde su nacimiento y a través de su historia- ha sido la palabra. No hay nada más difícil que encontrar la palabra exacta para expresar el sentido real de lo que estamos viviendo en determinadas situaciones. Por eso, los que no sabemos como hacerlo admiramos al poeta y al escribano que logran reunir en cortos estribillos el sentido exacto de sentimientos atorados que nos es imposible expresar; gracias a su talento artístico logran unir vocablos que dan sentido a la emoción que necesitamos expresar y solo al decir las palabras precisas, en el momento propicio, podemos respirar tranquilamente. No obstante, admiro en mayor grado a aquél que sabe emitir y transmitir sus palabras de la manera como pude verlo y vivirlo el fin de semana pasado cuando asistí en la ciudad de Bucaramanga a la apertura de la versión 17 de Abrapalabra, la fiesta internacional de los contadores de historias que reúnen a su público con el único propósito de compartir cuentos, relatos, fábulas, cantos, trabalenguas, charadas, leyendas, chascarrillos y hasta chismes.
Me conmovió hasta el tuétano ver cómo la fuerza del habla mueve masas que están llenas de ansias por comunicarse, dispuestas a modificar sus estados de ánimo, a aprender, a conocer buenas nuevas de todas las esquinas del mundo y a vivir la intercomunicación. Pude apreciar el principal valor del festival: el intercambio de relatos hechos con los lenguajes de los diferentes países invitados -con los cinco continentes representados- conformando un festín de narraciones que fortalecen el encuentro entre la palabra, sus guardianes y el público santandereano durante los 10 días que dura el encuentro. La audiencia navega con la imaginación por infinitos mares de alegorías, habitados por metáforas y sentidos figurados; memorizan las narraciones llenas de prosas, rimas, versos o composiciones para transmitirlas emotivamente a sus más cercanos, usando el sentido del juego de palabras para divertirse en familia; aquí es donde se puede hacer tangible la relación entre cultura y desarrollo, una relación capaz de consolidar ideas que aclaran sentimientos y de utilizar sus palabras para alentar o determinar comportamientos.
Resalto los valores profundos de esta terca actitud de creer en un festival como medio de configuración de colectividades, un festival que por su sentido intangible y volátil puede parecer de poca importancia para los entes colombianos, pero que por las transformaciones claras y tangibles que genera demuestra ser una herramienta ideal en la formación de temperamentos humanos necesarios para construir sociedades sanas, con sentido común y de convivencia. Invito a todos a que pasen por la ciudad bonita y de los parques a vivir la palabra como un acto necesario en la comunicación del ser humano, a que disfruten de su agradable clima debajo de un árbol, a que se sienten en familia con disposición a oír lo que les digan, a hacer el ejercicio de la escucha, un acto que por su pasiva actitud puede desesperar a unos cuantos pero que por su inexorable necesidad enriquece a muchos.
Aplaudo con vigor a los gestores y seguidores de este encuentro anual y los exhorto a que extiendan a todos los parques del país la vivencia de conversar y escuchar tal como lo sentí en Abrapalabra 2011, un escenario ideal que nos puede enseñar a departir y compartir nuestras diferencias, a respetar la expresión del otro, a saber oír lo que no aceptamos, a dialogar en vez de pelear, pues no estar de acuerdo en algo no significa odiarnos o descalificarnos. Y así, un día quizás encontremos las palabras precisas en el momento propicio para catapultarnos al entendimiento colectivo y a creer que por fin podamos sentarnos a expresar nuestras visiones sin que sean motivo de diferencias mortales, sino de avenencias enriquecedoras y formadoras de sociedades que se vean iguales aún con sus discrepancias.
Para eso sirve la palabra en un festival, para hacer que la desigualdad pueda convivir en un escenario de tranquilidad y aceptación.